jueves, septiembre 07, 2006

Historia de un tímido - Capítulo 2

Despertarme no era fácil, siempre fui un aficionado a dormir. Quizás esa fuese la tarea a la que le demostrase mayor interés, no por simple araganía si no porque dormir me permitía soñar. En los sueños uno hace todo que despierto jamás lograría. Algunos aventurados dicen volar, derribar paredes o hasta convertirse en presidentes. Sin embargo, yo era mas concreto, pero no por ello menos ambicioso, en mis sueños era un desinhibido, exitoso y galante muchacho que era feliz. Aunque debo confesarles que algunas noches soñaba mi muerte, pero tenía la esperanza que desde mi cambio eso no volviese a suceder.

La mañana de ese Martes tuve otro de esos sueños cíclicos en los que sueño levantarme, para luego darme cuenta que no lo estoy y trato de levantarme realmente, y cuando lo logro no es otra cosa que un nuevo sueño en el que sueño levantarme. Dificil de explicar y una experiencia por demás de compleja.

Cuando realmente me desperté tuve que cambiarme a gran velocidad porque era tarde. Caminé muy rápido hasta Cabildo donde me tomé el colectivo.

El día tenía dos claros objetivos: mantener mi postura y acercarme a Paula. No obstante mi ingreso volvió a ser silencioso, si bien tenía pensado saludar, no tuve el coraje suficiente.

Trabajaba en esa empresa hacía cinco años, lo hacia de traductor. Mi tarea consistía en recibir el correo y traducir aquellos que estaban francés. Cuando mi padre me obligó a estudiar francés durante la secundaria lo tome como una tarea más, y jamás creí que mi destino estuviese ligado a ello. Sin embargo, había encontrado la tarea apasionante. No solo me habia enamorado del idioma, si no que me permitía redactar los correos a mi gusto, darles distintas entonaciónes y demostrar mi amplio vocabulario. Era capaz de escribir varias hojas de más para no repetir un adjetivo.

Claro que mi formación básica no estaba relacionada con ello. Estudié ocho años para recibirme de médico, nunca hice la residencia. En segundo año supe que ese no era mi destino, que la medicina no era lo que esperaba y que nunca sería feliz ejerciendola, pero tuve miedo al fracaso, al que dirán y terminé a desgano una carrera que nunca ejercí.

Después de varios mails, algunos algo extensos, llegó la hora del almuerzo. Que además de un alivio para mi crujiento estómago, era el desafio del día.

En ninguna de las mesas estaba Paula, asi que me senté en la primera que encontré. No levante la mirada, y abri mi ensalada apenas me senté.

“No se saluda en tu barrio” dijo uno de los integrantes de la mesa. Su tono no fue desafiante, si no alegre y chistoso. Le sonreí y me disculpe. Ese fue el comienzo de una charla tan extensa que para cuando debí volver a la oficina, no habia comido ni la mitad de la ensalada.

La tarde fue un suspiro, las tareas fueron las mismas, pero la felicidad de haber logrado mi objetivo me hacia perder referencia del tiempo.

En el colectivo de vuelta estaba Paula, al bajar le dije un tímido “hasta mañana” al que respondió con las mismas palabras.

No quise pasar por el bar, ese día había tenido demasiados sobresaltos.

Historia de un tímido - Capítulo 1

Llevaba casi treinta años esperando absolutamente convencido que algo iba a suceder mientras dejaba que la vida transcurriese. Una tarde de abril un amigo, quizás el único que tenía, me preguntó que esperaba y no supe responder.

Primero desesperé ante la incertidumbre, después me resigné, pero terminé por enojarme y decidir cambiar. Quizás haya estado esperando a la felicidad sin saber que ella no tiene un reparto a domicilio, quizás a la mujer de mi vida pero ella por seguro no tenía mi dirección, o tal vez mi espera tuviese como destinatario a la suerte ignorando que ella no existe. Lo cierto es que una simple pregunta me presentó al mundo de golpe, como si mis ojos se hubiesen abierto después de una larga siesta.

Al día siguiente cogí me difraz de caballero y salí, no solo hacia mi trabajo, si no a la vida. Debía estar preparado para semejante combate, de manera que decidí ir armado. Lleve conmigo un par de mentiras piadosas, miradas desafiantes, soberbia y por supuesto algo de falso coraje. Con semejante equipaje tenía todas las de ganar.

La oficina esperaba, sin demasiadas ansias supongo, la llegada siempre puntual de aquel sumiso joven que jamás cruzaba miradas a los ojos, y cuya voz pocos conocían. Cuando entré, nadie noto la diferencia. Ni mis pasos firmes, ni mi corbata roja que nunca antes habia usado por vergüenza, ni mi inusual peinado desprolijo. Estuve cerca de saludar en voz alta, pero temí que tantos cambios de golpe no fuesen creíbles. No en vano Napoleón decía: “Visteme despacio que estoy apurado”, debía ser contundente, pero no tenía prisa.

Trabajé con el mismo desinterés de siempre, no porque me disguste mi tarea, si no porque demostrar pasión no condecía con mi apática personalidad.

Después de cuatro horas llegó el ansiado momento del almuerzo. Mi horario estaba desfasado veinte minutos con respecto al de mis compañeros, este dato insignificante a primera impresión, me habia imposibilitado de comer con ellos durante todos estos años. La simple tarea para algunos de escoger una mesa para sentarse en mi presentaba un indecifrable desafío. Quizás fuese el miedo al rechazo, solo indesición o pura timidez. La realidad es que siempre comía en bares de la zona para evitar dicho momento. Pero todo debía ser diferente, asi que compré una ensalada en el kiosko y fui hacia el comedor.

En el instante previo a abrir la puerta mi corazon latió intensamente, y aunque me trataba de convencer que era una tarea simple, no pude evitar el nerviosismo. Cuando cruce la entrada me percate que nadie notaba mi ingreso y eso me serenó. Me senté en la mesa menos poblada, en ella había cuatro muchachos de traje oscuro y una chica de remera blanca y pañuelo de color, hablaban de una pelicula de la que no recordaban el nombre. Se verán venir dos cosas: una que supe inmediatamente el nombre de la película y nunca se los comenté; y por otro lado que me enamoré instantaneamente de la niña de la mesa.

Mi ensalada se acabó rápido, el tiempo que se tarda en comer es inversamente proporcional a las charlas en las que uno participa activamente. No pude opinar en ninguno de los temas tocados, no por ignorancia, si no por la mera incapacidad de encontrar el momento de decir algo, pero estaba muy contento porque al menos habia estado ahí.

El resto del día laboral transcurrió sin sobresaltos, la misma monotonía que caracterizaba todas las tardes. Lo unico positivo fue que de casualidad, o causalidad, escuché que el nombre de la dueña del pañuelo: Paula.

Volví a casa y a diferencia de otras veces, caminé sin vergüenza al ritmo de mis compañeros que iban en mi dirección. No temía que tomen mi mismo colectivo, aunque sabía que me pondría nervioso.

Llegue a la parada del 152, y allí se detuvo un muchacho de barba candado y traje gris. Nos miramos pero ninguno de los dos habló. Un par de minutos mas tarde, la dueña de la remera blanca ahora cubierta por un saquito negro, también se detuvo en la misma parada. Quise observarla, pero temí no poder sostener la mirada. Ellos si iniciaron una charla, que se interrumpió rapidamente con el arribo del colectivo en cuestión. Mi viaje era de treinta minutos, y siempre de parado.

Bajé en Cabildo y Lacroze, como todos los días, y caminé en dirección a un bar al que nunca me habia animado a entrar por ser demasiado a la calle, fue ahí cuando me percate que Paula había bajado conmigo. Notó que la miraba y me saludó, calculo que también notó que me sonroje inmediatamente, pero no le dio mayor importancia y caminó en dirección contraria a mi destino.

En el bar tomé un café mientras trataba de recordar alguna otra oportunidad en la que haya tomado un café sin apuros en un lugar con ventanas a la calle.

Volví a casa y me acosté pensando en Paula.