martes, marzo 22, 2011

Cuento para concuros Metrovias 2011

“Te quiero pero no te amo”- le dijo Mariana sin anestesia, mientras lo miraba más con pena que con amor –“perdón por la frase hecha, pero necesito sincerarme”. No había tocado su café, estaba tensa, pero decidida. Alberto la miró, se concentró firmemente en no llorar, y no respondió. Los siguientes segundos fueron horas para ambos, un crudo silencio inundó el bar de Monroe y Triunvirato. Hasta las otras mesas parecían calladas. Luego, ella tomó la iniciativa, acarició su mejilla, lo beso suavemente y se fue. Él mantuvo ese silencio y dejó caer esa lágrima que luchaba por salir.
“No estábamos peleados Toni, no estábamos en crisis… hasta creo que estábamos en nuestro mejor momento sexual. No entiendo, no entiendo qué pasó”.
“Tiene que haber otro tipo Beto, ese es el tema” sentenció Antonio. “O está loca, está loca, como todas las minas, acordate de Susana. Me decía que me quería y se acostaba con cuanto tipo la saludaba amablemente”.
Alberto no escuchaba a su amigo. Lo último que necesitaba en ese momento eran consejos.
Antonio y Alberto eran amigos desde los ocho años, juntos ingresaron a Los Fantoches y entre pasos de murga y bombos forjaron una intensa amistad. Alberto nunca tuvo habilidad para el baile, pero la percusión si era su talento. Antonio en cambio, siempre fue un gran bailarín, desde los dieciséis años fue el murguero estrella de cada carnaval; aunque muy a su pesar esa característica nunca lo ayudó con las mujeres. Mientras Antonio bailaba, Alberto conquistaba cuánto corazón se le cruzase; vivió muchos amores de carnaval, y no estaba interesado en un compromiso serio.
Cuándo Los Fantoches visitaron el barrio de San Telmo en la tercera noche de murga del verano 1974, el mundo cambió para Alberto. Bailaban los Enviciados por Saavedra, y Alberto recorría el público buscando una víctima para su noche de conquista, cuando vio que entre la murga bailaba la mujer más bella que sus ojos habían visto jamás, disfrazada de diabla sobresalía entre las demás. Mariana era pechugona, morocha y empleada de un banco. Cupido ayudó a Alberto, y cuándo el sol salió los encontró besándose. Se enamoraron, quizás porque no se parecían en nada. Lo cierto es que atrás quedaron las noches de picaflor, Mariana cambió su perspectiva de la vida. Seis meses más tarde vivían juntos, y cada noche se juraban amor eterno.
Pasaron los días y Alberto no lograba asimilar su soledad. Cada rincón de su casa era un recuerdo de Mariana, un beso, una charla, un chiste. Incluso su taller mecánico estaba lleno de Mariana. Por primera vez en años, faltó a los ensayos de Los Fantoches. Pensó varias veces en buscarla por el banco, pero sabía que un hombre debe aceptar la decisión de una mujer.
Fue recién cuatro meses más tarde que Alberto se animó a besar a otra mujer, fue una clienta del taller mecánico. El beso duró seis minutos, y la culpa lo persiguió dos semanas.
“Beto, tengo una nami para vos. Dale, dejate de joder. No te puedo ver así. En los fanto estamos todos preocupados, sobre todo la gringa, sabés como te quiere la gringa.” Le dijo Antonio en una de sus clásicas visitas diarias de las cuatro de la tarde, en las que aparecía indefectiblemente con el termo y el mate en la mano.

Un año después de aquella última charla con Mariana, Alberto se encontró en el mismo bar, en la misma mesa, como esperando que vuelva para decirle que no era cierto. Miró por la ventana y vio los preparativos para esa noche, era noche de carnaval. La vida seguía. Cuándo el 114 paró junto a la ventana, hizo que su rostro apareciera reflejado en el vidrio. Notó que su barba estaba larga, desprolija, su pelo despeinado. “Ya está, se terminó el tango” – dijo en voz alta, pagó el café y volvió a su casa. A la mañana siguiente amaneció abrazado a la gringa.
Pasaron la gringa, Micaela, Ana, Milena, Marta, Carla, Laura, y una lista innumerable de morochas, rubias, pelirrojas y teñidas. Alberto había retornado.
Algo en Guadalupe hizo que el mecánico aceptara una segunda salida, y luego sintiera deseos de una tercera. Y un domingo por la tarde, mientras limpiaba en su casa, se dio cuenta que extrañaba a Guadalupe cuándo no la veía.
Los Fantoche cerraban la quinta noche de murga en Urquiza, su casa. Triunvirato era una fiesta, colmada de gente, música y color. Antonio dirigía a los bailarines, los alentaba, les recordaba cada paso. Alberto, hacía lo propio con los músicos. Estaban más que preparados. Comenzaron a desfilar, a bailar, a tocar. Cada una de esas noches eran mágicas para ellos, representaban mucho en sus vidas.
Cuándo habrían recorrido cuarenta metros, Alberto notó que Mariana estaba entre el público. La banquera sonreía, y lo miraba fijamente sólo a él. Le fue difícil mantener la concentración, cientos de imágenes recorrieron su cabeza. El público aplaudía y bailaba a su ritmo, pero Alberto ya no estaba allí.
Cuándo todo terminó, se encontraron frente a frente. Se miraron unos segundos, y ella lo abrazó. En su hombro izquierdo lloró unos segundos, luego lo miró a los ojos, y cuándo iba a hablar Alberto acarició sus labios con su mano derecha buscando silencio o una caricia, y se acercó para decirle algo al oído. “Ahora estamos igual, yo también te quiero, gracias por venir”.
Caminó a paso lento por Olazabal hasta su casa, al llegar, llamó a Guadalupe y le dijo por primera vez “te amo”.