miércoles, febrero 01, 2006

Aquel día

Ya han pasado treinta primaveras desde que mis padres vivieron aquella siesta romántica de la que soy resultado, y no es poco. Es tiempo más que suficiente para darme cuenta que ni en tres vidas podría aprender todo lo que me gustaría, o que de haber sido el más absoluto ignorante la felicidad hubiese colmado cada instante de mi vida.

No me casé, no tuve hijos, y no me siento mal al respecto. Simplemente no me llegó el momento. Amar? Amé apasionadamente a mujeres que nunca lo supieron, y salí con tantas otras. Tuve unos cuantos amigos, muchos muy buenos y de los otros también. Trabajé de todo lo que me ofrecieron, que por desgracia no fue mucho. Gané dinero suficiente para vivir dignamente, pero los lujos el destino me los debe reservar para el ocaso de mi vida. Si soy feliz? Nadie lo es. La felicidad es un momento, un instante. El resto del tiempo es una larga espera. Ese es el mejor resumen de mi vida, una larga espera.

Era una mañana fría, así que decidí estrenar mi campera nueva. Zapatos marrones recién lustrados, pantalón gris, camisa a rayas, un sweater al tono, todo un empresario salvando el detalle de mi flaca billetera. No solía vestirme bien, pero presentí que ese martes era especial.

El subte fue un calvario, una despiadada guerra por un asiento. Muchos deben viajar por el exclusivo placer de conseguir lugar en las primeras estaciones y mirar de reojo, casi con gozo, a quienes hacen todo el recorrido de pie. Para mi representa otra cosa, es por lo general, el lugar ideal para conocer a mi platónico amor del día. Son ocho estaciones en total y me alcanzan para formar una familia, lamentablemente estas relaciones siempre terminan en abruptos divorcios cuando arribamos a mi destino.

A paso vivo caminé las tres cuadras que separan la estación de subte de mi trabajo. Llegué puntual, algo no habitual, en los dos años que llevaba en la empresa jamás había cobrado el premio al presentismo. El despertador fue y será siempre un enemigo.

Ocho horas de trabajo, o de simular trabajar, pasan relativamente rápido. En realidad siete horas y media pasan muy rápido, y la última media hora suele ser algo tediosa.

Volví por un camino diferente, decidí caminar algunas cuadras más. No por deporte, lo había abandonado hacía muchos años, si no para distraerme un rato. Con andar sereno, mirando a la gente y no a las vidrieras, tarareaba un tema de Rita Lee.

Faltaban pocos metros para la estación que me había puesto como objetivo cuando la vi. Vestía de blanco, zapatos rosas, una mirada sin igual, una belleza indescriptible. Supe que era ella desde el primer instante, así la había soñado cada noche. Mi corazón comenzó a latir más fuerte que lo habitual, sin dudas debo haberme puesto colorado. Ya no había nadie ni nada a mi alrededor que no fuese ella. Debía hablarle, pero que decirle? Cada vez estábamos más cerca, y para mi sorpresa, venía directo hacia mi.

Sus ojos eran celestes, su piel muy blanca, su pelo oscuro y lacio. Cuando estuvo a un metro de mí, me miró a los ojos y se detuvo.

“Tu eres quien yo creo?” pregunte tímido.

“Yo soy quien tu quieras.” Respondió con una voz que era pura dulzura y sensualidad.

“Te busco hace tanto tiempo, no pensé encontrarte hoy, ni aquí”. El nerviosismo inicial parecía diluirse, y comenzaba a sentirme seguro de mis palabras.

“Te equivocas. Yo soy quien te buscaba.”

Sus ojos no se apartaban de los míos. Había imaginado ese momento tantas veces, tantas noches, y ahora que estaba viviéndolo no sabía como comportarme, cómo comenzar. Sentí miedo, angustia, inseguridad. Mis manos temblaban, y trataba de disimularlo. Por fin me animé a seguir con la charla.

“No estoy seguro que sea el momento. Quizás me apresuré al llamarte. Estar solo no es fácil, mi vida no es como quisiese y fue un recurso inevitable. Noche a noche pienso en ti, y ahora que te enfrento cara a cara tengo miedo”.

Su bello rostro no mostraba gesto alguno. Su intensa mirada parecía explorar mi alma.

“Ya debe ser tarde para volverme atrás. Es normal dudar en este momento?”

No respondió, me tomo de la mano y caminamos juntos.

No pude evitar mirar atrás y allí estaba: mi cuerpo en el piso, el arma aún en mi mano y mucha gente a mi alrededor.

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