Esa noche tuve el primer transpié. Me acosté temprano contento con mis humildes logros, pero instantaneamente sentí mucha vergüenza. Sentí que estaba haciendo el ridiculo, que se debían burlar de mí y repase mentalmente cada frase del almuerzo buscando una doble intención. Mi pulso se agitó y comencé a transpirar. Dudé varias veces en no ir a trabajar al día siguiente, y hasta imaginé planes para justificar mi falta.
Para salir de ese vicioso círculo de pensamientos negativos traté de vivir mentalmente una vida que no fuese la mía, ese juego me ayudaba mucho a distraer mi traviesa imaginación. La recurrente vida ajena era la de ser futbolísta, tener un talento nunca antes visto y toda la tribuna grite mi nombre. Sé que ahora están concluyendo que mi problema no era la timidez o la vergüenza, si no un alto egocentrismo. Y no se equivocan, los tímidos nos son mas que grandes egocentricos. Estamos totalmente convencidos que los demás nos están mirando constantemente y eso es lo que nos incomoda.
Después de varios goles, y algunos campeonatos, quedé rendido y el sueño se apoderó de mi.
A la mañana siguiente nada recordaba o al menos la sensación era completamente diferente y partí hacia el trabajo, no sin antes despeinarme prolijamente y cortar minusiosamente mi barba para que luzca abandonada.
La entrada a la oficina fue lenta y silenciosa, la noche anterior me había hecho dudar si continuar bajo el mismo plan. Me senté cruzado de piernas y me dediqué a trabajar antes de continuar pensando en cosas que no rindan frutos económicos.
A la hora del almuerzo mi ciclotimia marcaba horas negativas, asi que comí en el bar de la esquina. Entre bocado y bocado de la tortilla de papa pensé mil diferentes planes para acercarme a Paula en el viaje de vuelta, y también pensé como fracasarían cada uno de ellos. Cada buena idea se refleja en una negativa.
No comí postre, ni tome café y antes de la hora indicada estaba nuevamente en la oficina.
Trabajé a desgano toda la tarde, y ni un minuto después de las seis salí caminando.
En el colectivo no estaba Paula, ni ninguna cara conocida del trabajo. Sin embargo una rubia muy alta a mitad camino me preguntó en que sector de la empresa trabajaba, no me resultó conocida y charlamos por el breve espacio de tiempo en que el colectivo llegó a mi parada.
Me preguntó donde vivía, y no dudé en responderle “al otro lado de la nube negra”. No creo haya entendido la metafora ya que no repondió, pero cuando me dispuse a bajar se despidió con una frase extraña:
-“Cuando dejes de deshojar los racimos de la nada, el viento se llevará esa nube negra”
Los roles se invirtieron y el sorprendido fui yo.
Cuando llegué a casa acomodé mi nube negra en mi cama y dormí sin sobresaltos hasta la mañana siguiente.
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